| OPINIÓN |
Benito Sebastián Gil |
Resolverme el día
31.01.12 -
Soy uno de los viajeros que SPANAIR dejó en tierra este fin de semana. El Jueves 26, con una puntualidad inusitada, Spanair me había trasladado de Palma a Barcelona.
En la ciudad Condal me encontraba cuando los medios de comunicación dieron la noticia de la inminente suspensión de los viajes por parte de dicha compañía.
Todo el fin de semana estuve esperando un aviso a mi teléfono móvil o a mi correo electrónico, de cuya existencia y número tiene fehaciente constancia dicha compañía en razón de los innumerables datos que te solicita cuando compras el billete, anunciándome mi ubicación en otro viaje de vuelta de Barcelona a Palma para ayer día 30.
Falsa ilusión. Ningún aviso o instrucción se me dio de manera personal.
El lunes hube de presentarme en el aeropuerto de Barcelona para, como dicen los cubanos, “resolverme el día“.
Hube de pasar por taquilla y, como dicen en algunos lugares, “con perras chufletes”. Esto es, hube de pagar un billete nuevo de vuelta en otra compañía.
Como tuve que hacer horas de espera, compré El País para pasar el rato. Dado que uno de los temas de portada era “La falta de dinero para el combustible precipitó el cierre de Spanair” el mismo me afané en leer. No llevaba cuatro líneas cuando me llegó un gran sosiego y tranquilidad al leer que: “La ministra de Fomento, Ana Pastor, afirmó ayer que llamó personalmente a los responsables de la Compañía ….”. En esas estaba cuando “mi gozo cayó en un pozo” pues el párrafo de la prensa continuaba “….el viernes, cuando suspendió sus operaciones, para saber que estaba ocurriendo”.
Eso sí que es una gran ministra. Llamó para saber qué ocurría cuando la prensa, tele y radio ya habían informado con puntualidad y concreción de que Spanair suspendía todos los vuelos por problemas económicos. No llamó para obtener un listado de personas afectadas y colgadas en distintos aeropuertos no. Ni siquiera para, en coordinación con los ministerios de Interior y Economía, contactar con los perjudicados y facilitarles una solución. No hablemos de lo que debió importarle la situación en que quedaban mas de dos mil trabajadores. Llamó la señora Pastor para saber simplemente qué estaba ocurriendo.
Cuando el trabajador más humilde de España deja de pagar una cuota de su préstamo, las alarmas de la Administración se encienden como la de los coches de ambulancias y bomberos. Pronto el banco prestamista ha de coger una cantidad de sus beneficios igual a la cuota impagada y depositarla en el Banco de España para ir coberturando la morosidad del préstamo de aquel humilde trabajador. Nadie de la Administración llamará al humilde trabajador para preguntarle qué le está ocurriendo, ya que la Administración sabe que está pasando un mal momento económico y ha cesado en sus pagos el humilde trabajador y su situación no ha de perjudicar al sistema financiero.
En cambio a Spanair, pese a que las deudas alcanzaban a más de trescientos de millones de euros y las alarmas chirriaban de destellos, la señora ministra llama personalmente a los responsables de la Compañía el viernes, para saber qué estaba ocurriendo. Vamos que, a pesar de que los destellos estaban allí desde hacía tiempo, la cogió en pijama. Ello nos demuestra que hemos salido de Matamala y entramos en Matapeor.
Desde que oí la noticia, más que en mi vuelo de regreso, pues soy un jubilado sin obligaciones laborales y puedo aplazar la vuelta, pensé en los trabajadores de Spanair. Sobre todo en aquellos que hace poco tiempo estaban destinados en Palma y, por una decisión desacertada de la dirección de Spanair con la Generalitat de Cataluña, trasladaron la sede central de la compañía a Barcelona, obligando a un número de trabajadores a desplazarse con su familia a vivir a Barcelona salvo que quisieran peder su empleo. Ahora quedan sin trabajo, desamparados y desarraigados, lejos de su familia y amigos de toda la vida.
Mientras, en Bruselas, nuestro nuevo Presidente del Gobierno señor Rajoy, apenándose de que las medidas de reforma laborales que va a tomar van a costarle una huelga general. Eso sí, sin decirnos a los españoles, ni antes ni ahora, cuáles van a ser esas medida que tanto le apenan.
Creo que los ciudadanos y obreros hemos de mantenernos unidos en estos difíciles momentos. Como alguien dice por ahí, en manera alguna se debería hacer huelga de ninguna clase que lleve a descuentos en los salarios ya congelados o reducidos de la clase obrera. Sin que el no hacer huelga suponga resignación. Una cacerolada tras otra puede ser tan efectiva o más que la huelga y sin coste alguno.
Como dijo el domingo el profesor San Pedro en la Sexta para el programa Salvados, “quien dice que sus sentencias o decisiones son contrarias a su conciencia pero que las hace obligado, pues que dimita de su función o cargo y no las haga“.
Benito Sebastián Gil
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