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 DESTINACIÓ
Antibasse 
El Sahara

22.12.09
- Uno o dos años debía tener la señora Aminatu Haidar aquel domingo de noviembre en el que un número asignado a mi apellido daba vueltas en el bombo del sorteo de la caja de reclutas. Según el número que saliera, indicaría mi destino en los quince meses de servicio militar que, inevitablemente, había de cumplir. Cuatro éramos los amigos y vecinos del mismo pueblo que entrábamos en aquel sorteo. Aunque habíamos sido algunos más los nacidos varones en 1946, los otros habían anticipado su incorporación voluntaria al servicio militar a fin de evitar que el sorteo les destinase a un territorio africano. Prefirieron firmar una permanencia de dos años y elegir plaza, antes que confiar en el destino.

Motivos particulares de cada uno nos habían conducido a esperar, pero en ninguno de nosotros cuatro primaba el sentimiento de heroicidad ni el espíritu militar ni aventurero. En los veintidós años de existencia nunca vimos ofrecerse voluntariamente a nadie para ir al Sahara, ni a Ifni, ni tan siquiera a Ceuta o Melilla.

Las familias respectivas tenían el corazón encogido y temerosas de que sus hijos hubiéramos de correr la aventura africana. En cuanto a los protagonistas, puedo asegurar que solamente la apariencia de hombría forzada por el que dirán nos hacía simular una inexistente serenidad.

Salió la bola y correspondió al apellido “Florian”. Mis tres amigos, cuyos apellidos eran Fornier, Gil y Langarita, cayeron dentro del cupo africanista y, solamente Sebastián, el mío, me dejó en la Península.

Como había ocurrido siempre, la gente del pueblo visitó las respectivas casas. A unas, para compartir la tristeza con las madres y hermanas que lloraban con desconsuelo. A la otra, a darles la enhorabuena por la buena suerte tenida.

Cada uno hubimos de presentarnos a filas. Los dos primeros tuvieron por destino el Sahara, uno a Villa Cisneros y otro Al Aiún; el tercero fue a Ceuta y a mí me destinaron a Barbastro.

Quince meses después nos licenciaron. Volvimos a reencontrarnos en el pueblo y compartimos experiencias. Ninguno de mis dos amigos del Sahara se libró de ser el blanco de las pedradas que los niños saharuis les lanzaban mientras hacían guardia. Los inductores sabían que era una falta muy grave abandonar el puesto, por eso lo convertían en el momento propicio para que, aquellos niños de pelo rapado, manifestaran el odio inculcado. Mientras aquello ocurría no era una excepción ver sentados en el parlamento franquista a los representantes saharauis de la Yemáa vestidos con la daraá azul.

En Barbastro, a mí me ocurrió todo lo contrario. La gente se alegraba de que estuvieras. Apreciaban nuestra presencia, pues era generadora de actividad económica y cultural para la ciudad y su entorno. Recuerdo con nostalgia la noche en que participé en el teatro Argensola en la representación de la obra “Todos eran mis hijos”, de Arthur Miller. Se hizo a beneficio de los niños discapacitados y la gente lo apreció. Aunque lo militar nunca me ha fascinado, por la experiencia vivida y los amigos que hice, no desaprovecho visitar Barbastro siempre que puedo.

En cuanto a la señora Aminatu Haidar no puedo nada más que felicitarla. Lo ha hecho muy bien. Puede que hasta se haya ganado una plaza de ministra en el gobierno que se forme cuando su territorio logre la independencia anhelada.

Pero hay una cosa que no puedo compartir con ella. No puedo compartir que no sea agradecida con el gobierno que los españoles democráticamente hemos elegido. Las autoridades españolas le han dado un trato excepcional. Ojalá que todo el que se vea obligado a pernotar en un aeropuerto le habiliten un espacio como a ella y que la Administración del Estado despliegue toda su diplomacia para cumplir los deseos de las personas.

Ha de saber la señora Aminatu Haidar que la mayoría de los soldados que un día fueron a su territorio lo hicieron forzados y con gran tristeza.

Hoy, con nuestro gobierno democrático, la gente es libre. Ella misma lo ha podido comprobar.

Esperamos que ella diseñe un Estado democrático y posible para el Sahara, pues yo, desde mi ignorancia, dudo de que sea viable.

Antibasse




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