¿Qué
secuelas dejará la crisis?
22.10.09 -
La crisis todavía no ha quedado atrás, pero
la lógica de la depresión que caracterizó
el invierno pasado ha empezado a invertirse. Se han suavizado
las condiciones financieras, y los planes de recuperación
empiezan a surtir efecto. Por lo que se refiere al comercio
internacional, cuya caída contribuyó a propagar
la recesión, tendrá a partir de ahora un papel
de correa de transmisión de la reactivación.
Por insoportable que pueda parecerles a quienes se han quedado
sin trabajo, se diría que podemos mirar al futuro inmediato
con confianza. Ha
llegado, pues, el momento de ampliar nuestras miras y de
preguntarnos cuáles serán las secuelas de
la crisis en los años futuros. Pero aquí la
experiencia no nos deja mucho lugar para el optimismo. Numerosos
estudios e informes, por ejemplo, el más reciente
del FMI, demuestran que las crisis financieras dejan heridas
muy profundas: no sólo se produce un fuerte aumento
de la deuda pública, no sólo no se recuperan
las pérdidas de producción de los años
de recesión, sino que además la reducción
del nivel de actividad se mantiene durante mucho tiempo.
Pasada la conmoción de la crisis, y el repunte subsiguiente,
la producción toma en general una trayectoria de
crecimiento paralela a la que llevaba con anterioridad,
pero, como si dijéramos, un peldaño más
abajo. Y en algunos casos, se reduce incluso el ritmo de
crecimiento.
Las
razones de este desnivel entre las dos trayectorias son
múltiples. Por un lado, es el resultado de la marginación
permanente de los trabajadores sin empleo -a veces fomentada
por las prejubilaciones- y del carácter estructural
del alza del paro. Las crisis desbaratan la jerarquía
de los sectores, y las reconversiones significan que se
alarga el tiempo comprendido entre el empleo perdido y el
siguiente, y, por tanto, que aumenta el porcentaje de parados.
Así sucede especialmente cuando los sectores que
habían alimentado el boom -el financiero y el inmobiliario-
tienen que contraerse durante un largo periodo: los trabajadores
de estos sectores deben reconvertirse, lo que nunca es fácil,
y cuando lo consiguen, su productividad es, por lo general,
menor, al menos al principio. La caída se debe también
a la quiebra de las empresas y al hecho de que aquellas
que sobreviven reducen sus inversiones, disminuyendo así
la reserva de capital disponible. En resumen, tras una crisis
bancaria grave, se suele observar una caída permanente
de varios puntos del PIB.
Este
descenso no tiene consecuencias graves en el caso de los
países emergentes, con unas economías en crecimiento;
por lo general, no suele significar más que unos
meses perdidos. Pero para las economías maduras de
Europa, puede representar un retroceso de dos o tres años,
marcados esencialmente por la caída de las recaudaciones
fiscales, los agujeros presupuestarios, una obligada austeridad,
los conflictos a la hora de repartir la carga y, para acabar,
el riesgo de caer en un círculo vicioso de estancamiento
económico. El riesgo que corren estos países
es el de hundirse aún más bajo el peso de
la carga heredada de la crisis.
Evidentemente,
no todos los países están en el mismo caso.
Si tenemos en cuenta el tamaño y el estado del sector
financiero, el problema es más grave en Reino Unido
que en Francia, donde la recesión habrá sido
más corta y menos pronunciada. Tiene todas las probabilidades
de ser particularmente severo en España, donde las
consecuencias de la crisis inmobiliaria van a pesar durante
mucho tiempo y donde además el ritmo de crecimiento
se va a reducir debido a la disminución de la inmigración.
Pero
las actitudes tampoco son las mismas en cada caso. Los europeos
no se olvidan de los errores cometidos en el pasado: desde
mediados de los años setenta todas las conmociones
sufridas por sus economías se reflejaron más
o menos en un estancamiento de sus perspectivas de futuro,
en general, sin que las políticas económicas
lo hubieran anticipado. Esta vez juran que no les volverá
a pasar y han empezado a armarse para la inclemencia de
los años venideros. Los estadounidenses, que no han
pasado nunca por esos mismos traumas, muestran un estado
de ánimo distinto. No creen que pueda darse un alza
permanente del paro y esperan que la recuperación
bursátil lleve a la economía a su anterior
trayectoria. Como es lógico, los esfuerzos presupuestarios
que están dispuestos a hacer son más limitados.
¿Quién
tiene razón? ¿Quién se equivoca? Para
los estadounidenses, el peligro reside en subestimar la
amplitud de sus problemas; para los europeos, en encerrarse
en la profecía. Ninguna de las dos actitudes es productiva.
Los primeros deberían aceptar, por una vez, que la
experiencia internacional puede servirles a ellos también
de escarmiento. Y por lo que se refiere a los segundos,
más que motivo de melancolía, deberían
hacer de su pesimismo una palanca para la acción.
Desde el mercado de trabajo hasta la enseñanza, pasando
por la eficacia en el gasto público y la reconstrucción
de un sistema financiero capaz de apuntalar el desarrollo
económico, no falta donde llevar a cabo las reformas
necesarias a fin de levantar el potencial de crecimiento
de nuestras economías.
Jean
Pisani-Ferry es economista y director de Bruegel, el centro
de investigación y debate sobre las políticas
económicas europeas. Traducción de Pilar Vázquez. |