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Cabrera,
parque y prision natural
07.05.09
- Nunca
debieron pensar los soldados que se enrolaron en el ejército
francés de Napoleón que de la “jolie
de vivre” que les proporcionó el botín
en Córdoba, en poco días, pasarían
a la “vie misérable” que les tocó
vivir en la Isla de Cabrera.
Era el año 1808 cuando las tropas francesas, al mando
del general Dupont, habían cruzado el puente de Alcolea
y pasaron a dominar Córdoba. Obtuvieron tanto botín
que el peso les dificultaba su movimiento de maniobra. Los
hechos causaron tal temor en la zona de Sierra Morena y
en el Alto Guadalquivir, que sus habitantes se pusieron
prestos a luchar contra el “francés”
en la primera oportunidad que se les presentara. Y la oportunidad
se presentó pronto. El 19 de julio de 1808, en la
ciudad jienense de Bailén, 20.000 soldados franceses
bien pertrechados y preparados se enfrentaron con 24.000
hombres y un pueblo al mando del general español
Castaños. Dupont cometió un error que le costó
la derrota por primera vez al ejército del emperador
y a él su destitución y desprecio por Napoleón.
El error de Dupont fue retroceder en busca de refuerzos.
Castaños salía con su ejército de Bailén
y entre sus tropas y los paisanos ocasionaron la derrota
francesa. Más de 18.000 franceses fueron hechos prisioneros.
Los acuerdos eran de que los prisioneros serían canjeados
por prisioneros españoles. Se pactaba también
una remuneración consistente por una cantidad al
día para cada soldado prisionero.
El acuerdo de canje no se cumplió por parte de los
españoles e ingleses aliados para la ocasión,
por el temor de que una vez canjeados fueran de nuevo reclutados
por Francia y volverían a formar parte del ejército
invasor.
El caso es que los prisioneros franceses fueron metidos
en barcazas y alejados de la costa gaditana. Una existencia
miserable comenzaba para aquellos hombres. Los heridos y
enfermos que morían eran arrojados al mar y la marea
hacía que cada día aparecieran cadáveres
en las playas de Cádiz. La clase privilegiada de
la ciudad no quería tener cada mañana el espectáculo
de los cadáveres por lo que presionó para
que se los llevaran del horizonte. Unos 4.000 prisioneros
tuvieron la suerte de ser remolcados a las Canarias donde
llegaron a adaptarse a una vida normal junto a la población.
Los altos mandos ya habían sido canjeados y Dupont
destituido por Napoleón, quien no concebía
mantener en su ejército a un derrotado. El resto,
mandos medios y soldados prisioneros, fueron remolcados
en sus barcazas en dirección a Palma de Mallorca
el 9 de abril del 1809.
Cuando las barcazas llegaron a la Bahía de Palma,
los dirigentes mallorquines se opusieron rotundamente a
que “los gabachos” fueran bajados a tierra y
forzaron su salida. La salida se hizo entonces a Cabrera
y allí, sin necesidad de construir alambradas, fueron
desembarcados y, de forma natural, se encontraron con uno
de los peores campos de concentración que pudieran
imaginarse. Su llegada aquel infierno fue entre el cinco
y diez de mayo del 1809.
En Cabrera no había nada, ni un lugar donde cobijarse,
ni agua, ni alimentos. Solamente ratas, sargantanas, algún
que otro conejo y langosta. Tres cabras salvajes que pastaban
prefirieron precipitarse al mar y morir, a dejarse ser apresadas
y formar parte de la dieta de aquellos hombres.
Un avispado empresario mallorquín, llamado Josep
Maria Billón, fue el encargado de hacer llegar a
los prisioneros el sustento. El cobro se hacía con
la paga pactada. Cada dos o tres días, siempre que
el tiempo fuera propicio, unas embarcaciones con alimentos
y agua llegaban a Cabrera.
Por causas de la mala mar hubo períodos de una semana
entera sin que llegaran alimentos. Las enfermedades y las
muertes de prisioneros eran constantes y crecientes.
Para redimir su alma, fue enviado un capellán el
cual se atrincheró en el castillo y solamente salía
para realizar enterramientos colectivos. El mayor tiempo
lo dedicó el salvador de almas a imaginar el como
hacer negocio de la situación llegando a idear el
cultivo de algodón valiéndose de la mano de
obra cautiva, proyecto que no le resultó.
Los presos trataron de organizarse, lo que llevó
a formarse grupos más o menos de personas cultas.
Los enfermos y desesperados anduvieron en busca de cuevas,
mientras la melancolía y la desesperación
los consumía. Los más cultos trataron de crear
espacios de reunión como una plaza como punto de
concentración. Hubo sobornos e intercambios de objetos
artesanos elaborados por los presos por alimentos que les
facilitaban por ellos algunos pescadores. Hubo algún
que otro motín e intento de hacerse con los barcos
de intendencia que alguna vez llegaban. Una pequeña
cañonera inglesa anclada en la bahía de Cabrera
era el único retén que vigilaba a los presos.
El ánimo de los presos fue pronto derrumbándose
al no poder comprender, como su admirado Emperador Napoleón,
capaz de ganar batalla tras batalla por toda Europa, fuera
capaz de olvidarse de aquellos súbditos suyos de
Cabrera.
El cautiverio terminó en 1814 al firmarse la paz.
Se aproxima que de cuatro presos que llegaron a Cabrera
murieron tres. Solamente sobrevivieron unas 3600 personas.
Con las lluvias torrenciales, cuando las hubo, salieron
y se deslizaron hacia el mar los huesos de los enterrados.
Hasta el 1844, en que un hijo del rey Luis Felipe de Orleans
de Francia no se ocupó del tema, la memoria de los
prisioneros estuvo en el más absoluto olvido.
Ahora se cumplen los doscientos años de aquellos
sucesos y una delegación militar francesa y española
hace homenaje a aquellos desafortunados en la Isla de Cabrera,
Parque Natural para unos y prisión inhumana para
otros.
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