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El
Ateneu barcelonés
15.05.09
- Si
miro atrás y me sitúo hace cuarenta y tres
años, me veo con una maleta, en un tren, en dirección
a Barcelona, iniciado la aventura de una nueva vida, dejando
atrás a mi familia y a mi pequeño pueblo de
trescientos habitantes. Era un día a finales de mayo
de 1966. Ese día jugaban la final de la copa del
“Generalísimo” el Atlético de
Bilbao y el Real Zaragoza. En aquel entonces, alguien ya,
con un transistor pequeñísimo, iba escuchando
la retransmisión radiofónica del partido.
Tres meses antes había estado en Barcelona realizando
las pruebas de unas oposiciones bancarias y, habiéndolas
superado, ahora iba en busca de ocupar un puesto laboral.
Como dice el refrán, solo en Barcelona: “sin
padre ni madre y sin perro que te ladre” iba a forjar,
para bien o para mal, mi destino.
La jornada de trabajo resultaba lo más placentero
ya que servía como un lugar donde tener compañía
y desterrar la soledad.
Muchos de mi edad eran adictos a la “Discoteca 2001”
que era la novedad en aquellos años. Otros empleaban
la tarde en realizar un pluriempleo si tenían en
el horizonte un matrimonio.
Yo me encontraba entre los descolgados, viviendo de alquiler
en casa de una familia que te arrendaba una de sus habitaciones
y te lavaban la ropa a cambio de una cantidad mensual. Lo
demás habías de buscártelo fuera.
Por eso el Club Hispamer, ubicado en el Llano de la Boquería,
casi frente al Teatro del Liceo, era un lugar de reunión
en horarios de comida y cena. Como mi situación no
era única, otros jóvenes buscaban lo mismo
en dicho Club. Allí, día tras día,
permitió que pudiéramos conocernos unos cuantos.
La mayor o menor solidez de la amistad vendría al
conversar y conocer nuestras afinidades.
El caso es que fui introduciéndome en un grupo de
mi misma edad y del que me resultaba grata su compañía
y conversación. Muchos de ellos tenían estudios
superiores acabados y otros trabajaban de administrativos.
Me emociono al recordar a Paco, originario de León,
con el que sigo teniendo amistad y comunicación y
nunca olvidamos felicitarnos la Navidad e intercambiar lotería.
A Miguel, de La Cerdaña (Lérida), filósofo
pero en aquel entonces ocupado en la Enciclopedia Catalana
que se comenzaba a editar aunque suspendió bastantes
años su publicación al no contar con las suscripciones
esperadas. Luego se ocuparía como profesor de Instituto
en Andorra. A Antonio, mallorquín, licenciado en
historia, profesor PNN en la Universidad de Barcelona y
actualmente, y desde hace muchos años, catedrático
de historia medieval en dicha Universidad; era capaz de
traducir entonces ya un texto escrito en paleografía
directamente al castellano, al catalán o al inglés;
se unía a esto su amenidad en la conversación
y su profundidad en los argumentos. Tampoco olvido a Miguel,
de Mollerusa (Lérida), que irradiaba una fuerte personalidad.
Ni a Antonio, psicólogo, de Calamocha (Teruel). No
menos puedo olvidar a Margarita, de La Llitera (Huesca)
que con su novio formaban una pareja de profesores ejemplar.
Siguiendo los hábitos de ellos llegué a introducirme
y ser socio del Ateneu Barcelonés.
El Ateneu se convirtió en mi hogar. Allí iba
todas las tardes de días laborables y enteros los
domingos. Allí comencé a estudiar el bachillerato
elemental por libre para ir examinándome en el Instituto
Manuel Milá i Fontanls. Curiosamente Milá
i Fontanals fue el primer bibliotecario que tuvo el Ateneu
Barcelonés cuando se fundó en 1860 con el
nombre Ateneo de Cataluña.
El Ateneu era el punto de reunión de todos los amigos.
De allí partíamos los sábados por la
noche para ir a ver los estrenos de los teatros, principalmente
al Teatro Poliorama, por su proximidad. Impresionante era
ver actuar una y otra vez a Adolfo Marsillach, a Nuria Espert
y a Gema Cuervo. Recuerdo sus interpretaciones en: “A
puerta Cerrada”, “La Respetuosa”, “Sócrates”
con la famosa frase de: “no hay mejor amo que no tener
amo”. No olvido tampoco obras como “La Casa
de las Chivas”, “El Delfín” y otras
más. Éramos capaces, a base de aplausos, de
contagiar al público, y hacer salir a los actores
a saludar cuantas veces nos proponíamos. En el Ateneu
conocí a un joven palestino, Khader Abu Hila, estudiante
de medicina, que hoy, traumatólogo, ejerce y vive
con la familia que ha formado en las proximidades de Jerusalen
y con el que he recuperado la comunicación y amistad.
Llegó un día en que el destino me hizo volver
a Zaragoza. El Ateneu quedaba en Barcelona. Pero el Ateneu
había sido testigo de que conociera a la que poco
después sería mi mujer.
En Zaragoza, con el hábito del estudio adquirido
en el Ateneu, conseguí licenciarme en Derecho. Otra
vez el destino ordenó que viajara y me trajo a Manacor.
Aquí vine con mi mujer y mis tres hijos. Nos empadronamos
y luchamos en lo posible para adaptarnos a la nueva forma
de vivir.
Hoy, cuarenta y cuatro años después de cotizar
a la seguridad, he pasado a jubilado.
La nostalgia me hace pensar que aquellos jóvenes
de la “Discoteca 2001” también estarán
en la fase de la jubilación. Posiblemente jamás
hayan estudiado una carrera. Más aún, posiblemente
ni se lo han planteado. Puede que ni siquiera sepan donde
está el Ateneu ni que exista. No seré yo quien
se lo reproche ni que les diga “que poder se podía”.
Me bastaría para alegrarme con saber que han sido
felices. Por eso creo que nadie tiene autoridad suficiente
para legislar o decretar normas que impongan qué
han de ser o cómo han de expresarse los demás.
Puede que las preferencias de muchos de los demás
no sean las mismas, ni siquiera parecidas, a las del que
pretende imponerlas. Si en su mano está, que ofrezca
el más amplio abanico de posibilidades, sin ocultar
ninguna, y que cada uno elija. Cada persona es un mundo.
Cada cual ha de ser feliz a su manera.
Hace dos semanas estuve en Barcelona y, una vez más,
visité el Ateneu. ¡Qué recuerdos me
trae! me acompañarán siempre.
El Ateneu Barcelonés, joya arquitectónica
y cultural, está en la calle Canuda nº 6 de
Barcelona, bocacalle de la Rambla de las Flores con la Puerta
del Ángel.
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