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El artículo del día: Diario de Mallorca

Lengua, territorio, requisitos y derechos

28.04.09
- GRUPO RAMON LLULL La confusión interesada que subyace en la decidida voluntad del Govern balear de convertir esta autonomía en una autonomía monolingüe catalana, con casi total exclusión de la lengua común del Estado en todos sus usos públicos e institucionales, obliga a una disección puntillosa del marco jurídico y lingüístico que prescribe la Constitución, tarea que, a estas alturas de treinta años de vigencia constitucional y de inequívoco desarrollo jurisprudencial, no debería ser necesaria si no fuera por los vigentes planteamientos pro- catalanistas sencillamente rayanos en una deriva coactiva y totalitaria.
El artículo 3 de la Constitución fija, de manera muy clara, no sólo el marco jurídico, sino, también, el modelo lingüístico que debe regir en España: el castellano es la lengua oficial del Estado, todos tienen el derecho a usarla con el plus del deber de conocerla; y el resto de las lenguas españolas son oficiales en el estricto ámbito autonómico.
De estas diáfanas definiciones se deduce -y deduce el Tribunal Constitucional- dos consecuencias: a) que el castellano es la lengua común y oficial del Estado y es oficial y común en todas las instituciones, poderes y administraciones del Estado, incluidas las autonómicas que "son", también, Estado. (STC 82/1986 y varias sentencias más); y, b) que el territorio es el criterio delimitador de la oficialidad, tanto de la lengua común como de la lengua autonómica en su ámbito. Es decir, el ámbito territorial del castellano es toda España, incluida Balears, y el ámbito territorial del "catalán-mallorquín" es sólo Balears.
Este es el régimen de bilingüismo y cooficialidad que aquí viola, una y otra vez, el Govern autonómico frente a los que defendemos en las instituciones un bilingüismo impecable e implacable presidido por la libertad electiva de la lengua, libertad residente en el ciudadano y no en la lengua. La cooficialidad, dicho con otras palabras, significa que, en el territorio balear es oficial la lengua "catalana" y lo es, también y con prevalencia, la lengua oficial del Estado, siendo este marco y despliegue lingüístico de obligado cumplimiento en todas las instituciones autonómicas.
El llamado "caso de los médicos", y al margen de cualquier otro tipo de consideraciones reiteradas en la prensa balear, es un claro ejemplo de esta violentación del espíritu y letra del artículo 3 de la Constitución y de todo el posterior desarrollo jurisprudencial. Si no existe el "deber" de conocer el catalán -y no existe- no se puede condicionar, por la vía del "requisito" de conocer el catalán, el acceso al desempeño de cargos profesionales en la sanidad pública autonómica, ya que ello constituiría un claro torcimiento del Derecho rayano en el fraude de ley que es lo que ocurre cuando se utiliza una norma -la que fija el "requisito" del catalán- para perseguir un fin jurídicamente amparado como es, en este caso, el derecho a "no conocer" el catalán. Por esto, el conocimiento del catalán por parte de los profesionales de la sanidad pública, puede ser un "mérito", pero no un "requisito".
Es cierto que el derecho a usar la lengua autonómica puede llevar aparejado el derecho a ser atendido en esta lengua, pero dicha atención ni se concreta ni puede concretarse en un deber individual, sino, en todo caso, institucional. Y todo ello cogido con pinzas, ya que si rige el "deber" de conocer la lengua común del Estado, no hay ninguna razón, absolutamente ninguna, para que dicho "deber" no se manifieste en toda su plenitud jurídica. Para entendernos: el BOCAIB puede publicar las leyes y disposiciones autonómicas en castellano y en catalán, pero no únicamente en catalán, es decir, la publicación sólo en castellano cumpliría plenamente el requisito de la publicidad y entendimiento de las leyes. Conviene que el catalanismo político recuerde algo elemental y obvio: España no es, ni constitucional ni lingüísticamente, el Canadá ni Bélgica, sino una nación y un estado con una lengua común y otras lenguas españolas, cuya protección y reconocimiento ampara la Constitución.

Planteadas las cosas en los términos violentos y excluyentes del catalanismo político e institucional, una legítima reacción defensiva tendría probablemente todas las de ganar en términos estrictamente jurídicos. Obviamente, no se trata de esto, ni esto es lo que pretende el Grupo Ramon Llull. Se trata, sencillamente, de recuperar el sentido común, la convivencia pacífica entre lenguas -tal y como ha ocurrido tradicionalmente en esta tierra- abandonar esta violencia institucional que se practica, aparcar la expulsión de hecho del castellano y aplicar un bilingüismo en serio y presidido -insistimos- por esta inalienable libertad electiva del ciudadano. El bilingüismo sale caro porque todo -impresos oficiales, normas, multas, rotulaciones públicas, etc?- debe duplicarse y ofrecerse a la ciudadanía en las dos lenguas oficiales. Pero esta carestía debe ser asumida, no sólo por los contribuyentes, sino, en primer y principal lugar, por las administraciones autonómicas. No lo hacen, sino más bien todo lo contrario y así han conseguido convertir la lengua o las lenguas en armas de confrontación fratricida. Equivocarse de escenario, practicando una absurda y falsa analogía, conduce a errores de perspectiva o a construcciones virtuales sin anclaje en la realidad. Es lo que está ocurriendo aquí.
Por último, hay que recordar y urgir a los partidos políticos que, por su militancia y votantes, asumen esta apuesta por el bilingüismo y la libertad electiva de la lengua- que definan y se definan con claridad sobre estos aspectos que, desde el mismo nacimiento de la autonomía, planean ominosamente sobre nuestra sociedad. Unos lo han hecho, pero otros siguen instalados en la ambigüedad. En este sentido no bastan discursos a favor de corregir errores pasados. Hay que apostar decididamente por "otro" modelo lingüístico que recoja los imperativos estatutarios y constitucionales que prescriben un bilingüismo real y una libre elección de los ciudadanos de cualquiera de las dos lenguas oficiales concurrentes en nuestra autonomía.
Y no bastan los actuales discursos, primero, porque experiencias conocidas plantean un serio y razonable problema de credibilidad y, segundo, porque el anuncio de derogación de leyes nefastas como la Ley de Normalización Lingüística y el Decreto de Mínimos, constituye, sencillamente, un brindis al sol si no va acompañado de una clara y definida alternativa sustitutoria de las normas que se derogan. Este es el envite y la responsabilidad que deben asumir a la mayor urgencia- antes de las elecciones europeas, por ejemplo- aquellos partidos que, en solitario o en coalición, pueden recuperar la sensatez y las libertades en materia lingüística, hoy, por desgracia, cada vez más lejanas y ausentes en nuestro panorama político y cultural.

(*) Integran el Grupo Ramón Llull Miguel Nigorra Oliver, Rafael Gil Mendoza, Sebastián Urbina, Joan Font Rosselló, Sebastián Jaume Muñoz-Maldonado, Román Piña Homs y Antonio Alemany Dezcallar.


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